El Rey del Hielo


Este relato es totalmente ficticio, pero basado en un hecho real. En septiembre de 1819 el navío de línea español San Telmo, de 74 cañones, desapareció en las tormentosas aguas al sur del Cabo de Hornos, tras separarse de dos fragatas, con las que formaba una división con destino al Callao.

El Rey del Hielo


Se cree, por los restos encontrados en la actualidad, y los testimonios de los balleneros ingleses y norteamericanos que pisaron aquellas tierras antárticas en 1820 y 1821, que el San Telmo pudo llegar a esas inhóspitas tierras, e incluso pudo haber sobrevivido, durante un cierto tiempo, parte de su tripulación.

 

En la actualidad España mantiene, de forma activa, en aquella zona varias bases científicas, cerca de las cuales se encuentra una placa conmemoratoria, concretamente en la Playa Media Luna, Cabo Shirreff, Isla Livingston en las Islas Shetland del Sur, que recuerda a los 644 oficiales, soldados y marineros del navío de Su Majestad San Telmo, posiblemente los primeros hombres que llegaron a las heladas tierras Árticas.

 

2 de septiembre del año 1819

El paso del Cabo de Hornos es terrible. Nos hemos separado de la fragata Mariana, y no la hemos vuelto a divisar, en la latitud 62º Sur y longitud 70º Oeste. Mucho antes se nos ha separado la Prueba. Ignoramos si han naufragado o han conseguido correr el fuerte temporal. Tenemos averías en el timón, tajamar y verga mayor, pero todavía podemos maniobrar.

 

5 de septiembre

Llevamos luchando contra las tempestades demasiado tiempo y el navío parece, cada vez más, que vaya a quebrar en cada siguiente embestida de las olas. El futuro se nos cierne negro como la noche y los hombres tienen un marcado semblante de miedo, cansancio y resignación que pone los pelos de punta. Ayer desapareció bajo las olas un grumete, que había subido al palo mayor a relevar al vigía. Simplemente se escurrió y cayó a un mar embravecido, que se lo tragó como si de una bestia marina de tratara. No dio tiempo siquiera a gritar hombre al agua. Y casos así se repetiran inevitablemente si la situación no cambia.

 

7 de septiembre

El frío empieza a ser insoportable. El San Telmo se mueve pesadamente a merced de las olas, y se resiste a mantener el rumbo. Los daños en el timón nos obliga a maniobrar con las velas, con el peligro que ello supone en estas condiciones, navegando tan al sur de nuestra derrota deseada que empezamos a temernos lo peor. A las terribles condiciones de la mar y el frío se une la falta de ropa adecuada de los hombres para estas latitudes. Cuando la gente de guardia sube al alcázar y al castillo se santiguan, al tiempo que se abrigan todo lo que pueden con sus ropas y, en ocasiones, prestadas por la gente de las baterías.

El Contramaestre de cargo ha ordenado empezar a desmontar las hamacas de los muertos e intentar fabricar con la tela unos cubrebotas, que atenúen algo la mortal humedad que ataca en la cubierta, barrida continuamente por las olas.

 

10 de septiembre

El hielo se empieza a acumular en cubierta y, sobre todo, en las vergas, obligando a arriesgadas maniobras para desprenderlo. Ya hemos perdido a tres hombres en esta tarea. A los Contramaestres y Guardianes les cuesta cada vez más ordenar a los marineros subir a ese bosque helado en que se ha convertido la arboladura del navío, y tienen que obligarlos mediante empujones y amenazas. De momento este sistema les funciona, pero si siguen cayendo hombres el asunto se puede ir de las manos.

 

12 de septiembre

Jamás hemos pasado un frío tan horrible, que unido a la humedad, se hace verdaderamente insoportable. La noche anterior se tuvo que bajar, con grandes dificultades, el cadáver del vigía del palo mayor, que estaba completamente congelado. Con los ojos cerrados y una faz llena de paz que nos dio envidia. Paco Martínez, alias el araña, creo que así se llamaba este desafortunado gaviero, era muy apreciado entre sus compañeros y un magnífico trepador. Ya no sube nadie a lo alto de los palos durante la noche.

La marinería y tropa ya no utilizan los beques de proa desde hace días, y se utilizan los de los oficiales de mar, que cubiertos en el interior del buque, ofrecen mejor protección frente a los elementos. El Capitán de Navío don Rosendo Porlier, quien va a bordo como Jefe de la división y futuro jefe del Apostadero de El Callao, tuvo un resbalón en la toldilla, durante su guardia, que a punto estuvo de costarle la vida. A consecuencia de ello ha sido prohibido el paso a dicha zona, por ser de las más peligrosas, ya que la capa de hielo y nieve es tan grande que es imposible permanecer en ella sin correr riesgos. Sólo los marineros de mesana penetran en la toldilla con harta dificultad para las indispensables maniobras. Hacemos tres pulgadas de agua a la hora, lo que ha obligado a esforzarnos en las bombas. Los carpinteros y calafates se afanan en cambiar las maderas congeladas, que se van quebrando y haciendo pequeñas vías de agua.

 

14 de septiembre

El agua de las barricas y toneles está tan congelada que hemos tenido que empezar a racionarla, ya que descongelarla cuesta mucho trabajo y se vuelve a congelar al poco tiempo. La galleta y el bizcocho, ya de por sí duros, saltan hasta los dientes y hay que mojarlos en calderos de agua caliente para derretirlos lo suficiente para poder comerlos, mientras que las raciones de bacalao están tan duras que algún artillero bromista ha sugerido utilizarlas como munición de metralla. Pero la cosa es muy seria, en dos días han muerto congelados cinco hombres, tres de ellos mientras estaban de guardia por la noche en el alcázar. Este turno es tan temido que se intenta evitar de cualquier modo, haciéndose el enfermo o cambiando el turno con otro compañero a cambio de las exiguas pertenencias de que dispone cada hombre. Pero ya ni así hay manera. Los oficiales han accedido a que sólo suban los más imprescindibles. El que uno de los tres últimos congelados fuera un Teniente de Navío supongo que les ha llevado a tomar esta medida. El cirujano tiene bastante trabajo, tanto

como si estuviera en combate, sobre todo cortando dedos de las extremidades de algunos hombres, dado el riesgo de gangrena por su congelación.

Quien deje cualquier resquicio de piel a la intemperie se puede encontrar en unas horas con un fatal color negruzco.

 

 16 de septiembre

Cinco congelados más, y dos aplastados por una carronada de a 32 libras, que se destrincó en el castillo de proa, cuando los cables de cáñamo que la amarraban se quebraron como si de porcelana fueran, debido a su congelación. El frío y la debilidad en que nos encontramos todos hicieron que dos infantes de marina no pudieran esquivar la embestida y murieran aplastados. El Comandante del buque, don Francisco Monvelle, ordenó tirar al agua todos los cañones, obuses y carronadas del alcázar y castillo, para evitar más accidentes. De momento los de las baterías se mantienen, pero es constante la revisión de los cables. El mar nos ha dado una pequeña tregua, y aun siendo mar bastante picada podemos navegar con relativa facilidad. El tiempo de achique en las bombas ha aumentado debido a que hacemos ya seis pulgadas de agua a la hora.

 

18 de septiembre

Uno de los botes, el del pescante de la aleta de estribor, cayó al agua esta noche debido al peso de la nieve acumulada y la congelación de los cabos que lo suspendían. Nadie trató de recuperarlo porque hubiera sido inútil. Un paje, de no más de diez años, apareció muerto por la mañana. Se encontraba en su hamaca con las piernas negras engangrenadas. No había dicho nada a nadie. Tampoco nadie se preocupó si le pasaba algo.

También murió un artillero por los disparos de los soldados, bajo órdenes del oficial de guardia, que amenazaron con dispararle si no soltaba una de las pocas gallinas que sobrevivían y que están destinadas al rancho de los oficiales. El hombre estaba tan desesperado que arrancó la cabeza al animal y se la intentó tragar. Al poco terminó su sufrimiento de manera brutal. Dios lo acoja en su seno, porque era buen cristiano y muy religioso, pero las penurias de la travesía pudieron con él.

 

19 de septiembre

Hemos tirado al mar la mitad de los cañones de 18 libras de la segunda batería. Con menos peso esperamos avanzar algo más y evitar además accidentes por rotura de las sujeciones. No podemos desprendernos de más cañones porque afectaría a la estabilidad del navío. Las vergas y la jarcia están muy deterioradas, pero de momento aguantan, aunque a costa de sustituir continuamente las peores partes y dejando los suministros de repuesto bajo mínimos. Los mastelerillos cayeron todos hace tiempo, y no hay posibilidad de reponerlos. El frío, y lo resbaladizo de los cabos impide trabajar en los altos. Al menos el problema del agua ya no es tan acuciante. Ya no intentamos beber de los toneles, ya que se están reventando por la congelación. La nieve de la cubierta es más fácil de descongelar. Ahora el hambre es nuestro principal problema. Las barricas y toneles de los víveres también se han reventado y hay que esforzarse el doble para sacar algo de provecho de los alimentos, que están petrificados. El escorbuto, las congelaciones y el hambre están matando a muchos hombres. Han muerto ya cincuenta y siete, cuatro de ellos oficiales, y otros muchos están enfermos de gravedad. El resto no somos más que unas sombras aguardando nuestra hora.

 

20 de septiembre

Hoy ha sido el peor día en bajas mortales. Un Capellán, el Contramaestre de faenas, un soldado de Artillería, dos de infantería, tres artilleros, dos marineros y cuatro grumetes. Todos de frío, a consecuencia de este o caídas desde los palos. Ni el rezo diario nos consuela en esta hora. Cada vez vemos más cerca el final. El agua ha aumentado a 23 pulgadas. El bombeo es extenuante y en los relevos participan también los oficiales y Guardiamarinas. El palo de trinquete se vino abajo con un estrépito tan grande que temblaron hasta las cuadernas. Hay turnos para calentarse en el fogón, que permanece encendido constantemente, quemando las limitadas existencias de leña. Pero si lo apagamos somos conscientes de que moriremos. Los escasos cinco minutos al día que podemos permanecer cerca del fogón es el momento más esperado por todos desde que nos levantamos.

Después de un momentáneo calentamiento nos enfrentamos de nuevo con la muerte helada. Sé que salir de esta va a ser algo muy difícil.

 

21 de septiembre

Una luz entre tanta tiniebla. Hemos divisado al Oeste, entre las brumas y olas, la que parece ser una isla. Los hombres se aferran como titanes a la idea de poder desembarcar en tierra firme y tener alguna oportunidad de sobrevivir. En este mar sólo podemos esperar una muerte segura. Con nuevos bríos subimos a cubierta y tratamos de mantener rumbo a la isla de la salvación. La isla de la esperanza.

 

22 de septiembre

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Nosotros la acabamos de perder. La isla que iba a ser nuestra salvación va a ser nuestra tumba. La desolación que se atisba es igual o peor que la que dejamos atrás en alta mar. No hay vegetación en absoluto y sólo la nieve y el hielo parecen ser sus moradores eternos. La desilusión nos ha hundido tanto que muchos preferíamos no haber nunca visto aquella isla. De todas maneras no tenemos donde ir, y el agua que entra nos impide aventurarnos más lejos. Para lo bueno o lo malo esta isla representa el final de un viaje que nunca debería haber empezado.

 

23 de septiembre

La maniobra de aproximación es muy lenta y sumamente dificultosa. Sólo la bizarría de nuestro Comandante y su buen hacer consiguen que arribemos sin irnos a pique, navegando entre los témpanos flotantes, que se hacen más numerosos y densos según nos vamos acercando. Se ha bajado la lancha para remolcar y guiar al maltrecho navío por entre los hielos, apartándolos como podemos con los bicheros y remos. Me ha tocado ser uno de los Guardiamarinas encargados de la maniobra, por ser uno de los que más aguante han demostrado. Después de varias horas en la tarea a la intemperie, el frío me ha dejado en tal estado que al volver a bordo, después del relevo, no se me ha pasado una violenta tiritona hasta beber un poco de caldo caliente.

 

24 de septiembre

Hoy no he embarcado en la lancha, porque debido al frío de ayer tengo dos dedos de la mano derecha congelados. El cirujano ya me ha advertido que esta noche, o mañana a más tardar, tendrá que proceder a su amputación. He tenido suerte, porque diez de los hombres que estuvieron conmigo en la lancha han muerto víctimas del cansancio y, sobre todo, de ese horror invisible que se extiende por doquier y del que es imposible escapar, el frío.

 

26 de septiembre

.Ayer el cirujano me amputó los dos dedos. Fue una operación sencilla y rápida. El cirujano tiene ya mucha práctica en estas intervenciones y no noté en exceso el dolor, salvo lo imprescindible. Por la tarde ya estaba de nuevo haciendo guardia en cubierta. Hay hombres que están en peor estado y siguen adelante con esa fortaleza que da el instinto de supervivencia.

Hemos fondeado a un cable de distancia de lo que parece ser tierra firme. El San Telmo no puede acercarse más. Sin conocimiento alguno sobre estas aguas no podemos arriesgarnos a encallar, por lo tanto se está procediendo al embarque, en la lancha y los dos botes que nos quedan, de hombres y material para el desembarco por turnos de toda la tripulación.

 

27 de septiembre

Un marinero que ayer estuvo en tierra firme, y ha vuelto de nuevo al navío, ha comentado que el lugar es muy inhóspito y sin ninguna señal de estar habitado ya no de hombres, que sería imposible, sino de bestia o ave alguna. No hay siquiera ni una brizna de hierba helada. Sólo rocas cubiertas perpetuamente de hielo y nieve. Llegado mi turno me tocó embarcar en uno de los botes, junto con varios toneles, cajas y herramientas. Decididamente íbamos a instalarnos en la isla, al menos hasta pasar el incipiente invierno, que prometía ser un auténtico infierno helado

 

28 de septiembre

Salvo varios carpinteros y calafates, que han quedado en el navío para sellar las escotillas e intentar dejar el navío lo más estanco posible, toda la tripulación está en tierra. Se ha puesto todo el empeño en construir de manera rápida un refugio al abrigo de unas rocas. La gente está algo más animada con las tareas y sobre todo por el aviso de varios soldados, que destacados como exploradores, han hallado manadas de extraños animales marinos en las proximidades. Esto nos han dado nuevos bríos y esperanzas, aunque siguen muriendo muchos congelados o a consecuencia del escorbuto.

 

29 de septiembre

Focas. Los animales marinos de apariencia fantástica se llaman así. Nos lo dijo un marinero veterano, que ya los había visto en anteriores travesías, en las cercanías del Cabo de Hornos. Los rugidos que hacen son terribles, y muy semejantes a los leones, y al parecer su piel es tan gruesa que son capaces de sobrevivir en este clima tan hostil. El Comandante ha ordenado al Capitán de la guarnición que asigne varios grupos dedicados exclusivamente a la caza de estos animales, con los mejores tiradores y algunos marineros armados. Somos conscientes de que son nuestra única oportunidad de poder sobrevivir.

 

30 de septiembre

Ninguno de los tres grupos destacados para la cacería ha conseguido pieza alguna. Al parecer los animales huyen al primer disparo y buscan en el agua su salvación. Allí dentro se mueven con una agilidad y destreza iguales a los peces y es imposible cazarlos. Incluso lo han intentado disparando como si estuvieran en combate, esto es todos a un tiempo y agrupados. Pero el acercamiento necesario para asegurar el tiro hace que estos huyan sin problemas. Es desesperante ver tanta comida en abundancia y no poder cazarlos. Mientras las raciones que nos quedan menguan de manera alarmante. Hemos sabido que al Capitán de Navío don Rosendo Porlier le han amputado una pierna y que tiene pocas probabilidades de llegar a mañana.

 

 1 de octubre

.Como se temía el señor Porlier ha muerto esta noche. Al menos nuestro Comandante y algunos importantes oficiales siguen vivos.

Sólo su presencia garantiza algo de orden y disciplina. Pero el hambre y el frío empiezan a provocar altercados entre los hombres, sabedores de que en este lugar no hay más ley que la de la Naturaleza. Mientras, gracias al Señor, la caza da sus primeros frutos. Unos de los grupos se las ingenió para atrapar varias de estas bestias, mediante trampas. Tras espantar a los animales cavan en las zonas donde estos reposan unos agujeros, luego se ponen encima unas tablas ligeras, disimuladas con nieve por encima, y luego se espera a que vuelvan. Si hay suerte alguno cae en la trampa, y como sus extremidades están hechas para nadar y no para andar o trepar quedan en el interior, sin posibilidad de escape. Luego sólo hay que acercarse de nuevo y matar a la desdichada bestia. Por este método han cazado ya dos de buen tamaño y otros dos algo más pequeños. De las cuatrocientas libras que debe pesar cada uno de los más grandes, casi la mitad de su carne es grasa, de un sabor tan desagradable que ni con el feroz hambre que tenemos podemos comerla, por lo que de toda esa masa de carne sólo la otra mitad es perfectamente comestible. Su piel además sirve para forrar las exiguas paredes de madera de nuestro pequeño refugio, donde nos hacinamos e intentamos conservar el calor que genera la hoguera, que vamos alimentando con la leña que se consigue de las partes no vitales del San Telmo.

 

3 de octubre

La noche pasada fue especialmente fría. Despertándonos el sonido de rotura del casco del San Telmo. Las aguas se habían congelado tanto, y hacían tanta presión sobre el casco, que el navío no resistió y quebró como una rama al pisarla. Nuestra única oportunidad de salir de la isla se había resquebrajado. Sin posibilidad de encontrar madera para arreglar los daños se decidió hacer acopio de toda la que pudiéramos del buque, ya que el improvisado campamento se iba a desplazar a otro lado, más cerca de las manadas de animales y algo más resguardado de las ventiscas, que nos hacían más daño que el hambre. Ya que el camino al buque estaba congelado se pudo realizar estas operaciones a pie, utilizando los dos botes como medio de transporte, deslizándolos por el hielo mientras los hombres tiraban de ellos. Todo esto nos pasó factura y no menos de veinte hombres sucumbieron al esfuerzo sobrehumano del traslado. Uno de ellos fue mi querido amigo y compañero el

Guardiamarina don Antonio Sáez de Hierro, de quince años recién cumplidos. Dios lo acoja en su seno, como al resto de los desdichados y tenga misericordia para los que quedamos.

 

6 de octubre

No puedo comprender como en la Tierra puede haber parajes tan inhóspitos, tan poco amigables para el hombre. ¿Qué sentido tiene un lugar tan frío que ni el vegetal más duro puede echar raíces?. Y los únicos animales que las habitan son horrendas bestias llenas de grasa. ¿Porqué el Señor creó estos parajes?. ¿Es acaso el infierno de hielo, en vez de fuego como siempre hemos creído?. Si es así, debimos morir hace tiempo y ahora estamos pagando nuestros pecados. La marcha a través de esta tierra es muy penosa, más si cabe con el esfuerzo que supone el trasladar los pesados bultos y maderas, indispensables para nuestra supervivencia. Atrás quedó el deshecho San Telmo, del que sólo unas últimas y fugaces miradas le fueron dedicadas, algunos recordando con cierta nostalgia anteriores y lejanas travesías por el Caribe o la bahía de Cádiz, y otros como yo, con tristeza por saber que con la desaparición del navío desaparece también nuestra posibilidad de retornar a nuestros hogares. Los exploradores, que van adelantados al grupo, nos avisan que el terreno se vuelve más rocoso, lo que multiplica los esfuerzos. Aquí todo el mundo ayuda, ser oficial ya no da derecho a nada y ningún privilegio es tenido en cuenta, ni siquiera por parte de nuestro Comandante, que de manera admirable sigue teniendo el mando y el respeto de los hombres. Saben -sabemos- que es el único que puede mantenernos unidos y el único que puede hacer que sobrevivamos, por tanto se le obedece sin rechistar. No así con los demás oficiales y a mi persona, que como Guardiamarina me he encontrado con varias faltas de respeto, que en alta mar serían consideradas faltas graves de disciplina y aquí están a la orden del día. Un Alférez de Fragata estuvo a punto de tener un lance con un artillero que se negó a cumplir una orden suya, y si no es por la aparición del Comandante, que acabó con la disputa, el incidente se habría tornado en un grave caso de insubordinación. No se puede castigar a ningún hombre porque todos saben que no hay medios para ello. En una situación normal los oficiales administran la Justicia con el respaldo de una fuerza intimidatoria, tarea que corresponde a los soldados de la guarnición de cada buque, que son los encargados de mantener el orden, pero estos están tan desesperados como los marineros y no se puede confiar en ellos.

No quiero pensar el día que falte el Comandante...

 

8 de octubre

Ayer nos establecimos en un nuevo lugar en el interior de la isla.

La zona está algo resguardada entre unos grandes montículos rocosos. Pero no es la panacea, porque siguen muriendo hombres a consecuencia del frío. Pero la caza ha aumentado. Las manadas de focas están más cerca que antes y la suerte de las trampas de momento nos favorece. Ya he dado por perdidos todos los dedos del pie izquierdo. El siniestro color azabache que tienen no da más opción que la amputación. Desgraciadamente el buen cirujano que me operó la primera vez murió hace varios días, y el nuevo encargado de la siniestra tarea es el barbero del Comandante, que aprende su nuevo oficio a base de practicar amputaciones de forma más o menos habilidosa.

 

10 de octubre

No hay tiempo para largas convalecencias. Mis pequeñas amputaciones, mucho más dolorosas y traumáticas que las anteriores de los dedos de la mano, me han dejado cojo de por vida, pero al menos puedo andar. Las congelaciones están a la orden del día, y se pueden ver a hombres sin orejas, brazos o piernas. No todos sobreviven a estas salvajes operaciones, y del barbero salen más tumbados que por propio pie. El último recuento de hombres da sólo trescientos dieciséis supervivientes.

Desde que salimos de Cádiz hemos perdido a casi la mitad de la tripulación. Esto se nota en las raciones, que han aumentado ligeramente. A menos bocas más para los demás. Todos deseamos que los moribundos se mueran de una vez, ya que consumen raciones que ya nos les hacen falta y que a los sanos nos vendrían muy bien. Es duro asimilar esto, pero la situación ha llegado a este extremo.

 

11 de octubre

El invierno se nos echa encima. No podemos imaginar lo que el futuro nos puede deparar dentro de unos meses, en lo más crudo de la estación, cuando ahora mismo sufrimos unas condiciones de las más precarias y extremas que un hombre pueda soportar. Los marineros veteranos, curtidos en multitud de viajes a lugares lejanos, y que han estado tanto en parajes muy cálidos como en otros muy fríos, jamás se encontraron en una situación parecida.

Por mucho que se cuente, ninguna persona jamás podrá hacerse a la idea de lo que es esto.

 

12 de octubre

El Teniente de Navío don Sebastián de Estrada, con el que he tomado bastante confianza, me ha comentado hoy, mientras esperábamos nuestro turno para recibir la menguada ración diaria de foca y vino, que hoy era el feliz aniversario de la llegada, hace varios siglos, de nuestro Almirante Colón a las Indias, y por tanto de su glorioso descubrimiento. Y añadía que nosotros éramos también, al igual que aquél, unos pioneros en esta tierra, de la que decía no se hallaba en carta de navegación alguna, ni en cabeza de ningún mortal, hasta el día de hoy. Bromeó con tristeza sobre el asunto, diciendo lo magnifico del descubrimiento que la tripulación del San Telmo había realizado, para grandeza de España y orgullo de su Rey Fernando, que ahora podría tomarse el vino bien fresquito con el hielo que le proporcionarían estos parajes. Por lo menos me hizo reír, cosa que no había hecho desde hacía mucho tiempo

 

13 de octubre

Lo peor que podía ocurrir ha pasado. Nuestro Comandante ha muerto. Esta mañana su paje le fue a despertar y halló, con horror, el cuerpo inerte de su amo. Murió congelado, como no podía ser de otro modo. Hay mucha inquietud entre los hombres.

El siguiente en el escalafón, a falta del Capitán de Fragata, que murió hace muchos días, es mi amigo Sebastián, que aunque de corazón noble y voz autoritaria no posee las dotes de mando necesarias para mandar a unos hombres tan desesperados y al límite. Quizás con los años el buen Teniente de

Navío hubiera llegado a ser un estupendo Capitán de Navío al mando de su propio buque de guerra. Pero en estos momentos le tocó un buque ingobernable. Sebastián lo intentó, pero no lo dejaron. Al menos sé que cuando la tropa y marinería se amotinó, y mataron a aquellos que se interponían en su camino, no sufrió. Una bala y un segundo bastaron para acabar con él.

 

14 de octubre

Además de Sebastián han muerto, a manos de estos desgraciados, cinco hombres más que trataron de que las aguas volvieran a su cauce por medio de las armas. Tres de ellos eran los últimos oficiales de guerra que quedaban vivos. El resto de los leales a las Armas del Rey nos hemos rendido. El cabecilla de los amotinados, uno de los sargentos de la tropa de infantería llamado Ramírez, tiene pensado ir a alta mar de nuevo, con la lancha y los botes. Una locura, pero que está dispuesto a llevarlo a cabo como sea. Los amotinados dicen que antes de que el invierno nos bloquee todavía más hay que irse. Por supuesto no obligan a nadie a irse, y dan la posibilidad de quedarse los que así lo deseen. Saben que no hay sitio para todos, y esta tierra es la cárcel más segura del mundo. Nadie jamás saldrá de ella y hacer que los sublevados respondan ante la Justicia. Por eso sabemos también que si llegan a puerto no dirán nunca nada sobre los que quedamos en el hielo.

 

15 de octubre

De los doscientos treinta y cuatro hombres que quedamos vivos sólo ciento cuatro pueden ir a bordo de la lancha y los dos botes, y eso contando con el máximo de su capacidad, que tendrá que ser más reducida si quieren llevar las provisiones que les hará falta. El resto ya sabe lo que le espera. Yo, como Guardiamarina, y a falta de oficiales de guerra, soy el siguiente en el escalafón y he decidido quedarme y no ser, por tanto, partícipe en este abominable acto de amotinamiento, deshonra de cualquiera que sirve en los buques de Su Majestad y castigado con la pena capital. Conmigo se alinean medio centenar de hombres, marineros viejos y honrados padres de familia los más de ellos, que también se desmarcan de esos actos. He intentado hacer valer mi precaria autoridad, para atraer a algún hombre más, diciéndoles que era el hombre de más alto rango y que, por tanto, mandaba en la isla en nombre de nuestro Rey, y que respondería a favor del que se arrepintiese. Pero sólo he conseguido la burla de los amotinados, que de manera jocosa me han nombrado el Rey del hielo.

 

17 de octubre

Hay entre los amotinados sesenta o cincuenta hombres que desean irse, pero que no tienen cabida en las pequeñas embarcaciones. No sé como va a acabar esto pero mis hombres y yo andamos con mucho cuidado, porque intuimos la tragedia. Los amotinados llevan dos días aprovisionando la lancha y los botes. El sargento Ramírez ha decidido, que puesto que los soldados de la tropa llevaron el peso de la revuelta, irán todos en las barcas, y las pocas plazas restantes se sortearan con los demás. Por supuesto se han encontrado con la oposición de artilleros, marineros y grumetes, que exigen un sorteo igual para todos y sin favoritismos. Yo, al igual que mis hombres, no entramos en la disputa y tememos lo que pueda pasar. Saben que nosotros no queremos embarcar, pero cuando empieza una pelea nunca se sabe como van a reaccionar.

 

18 de octubre

Que miserable puede llegar a ser el hombre. Cuan bajo se puede caer cuando la ambición los ciega. Esta noche, de madrugada y mientras dormíamos, los soldados han pasado a cuchillo al resto de la tripulación. A mí, y a una docena de hombres más, nos han respetado porque sabían que no intentaríamos nada. De la carnicería no se han salvado ni los pocos jóvenes pajes que quedaban vivos, alguno de ellos poco menos que niños. Hombres que han navegado juntos, que han sufrido los mismos males y han sobrevivido al horror de hielo y frío, han terminado sus días de la manera más horrible posible. La codicia, al igual que el frío, es un enemigo invisible, que se mete hasta los huesos y va acabando con el hombre. Los soldados se embarcan deprisa, como queriendo alejarse cuanto antes de la matanza. Se llevan las escasas provisiones que nos iban a dejar. Despojan a los muertos de sus ropas y alguno hay que rasga las que sobran. No nos matan con balas o con sables. Dejan que esta tierra nos mate. Malditos cobardes, Dios os castigue con la peor de las suertes.

 

19 de octubre

Se han ido ya. No miraron siquiera atrás. Arrastraron por el hielo la lancha y los botes hasta el agua y se fueron a una muerte tan segura como la nuestra. No han dejado prácticamente nada de utilidad. Tampoco ningún arma para cazar. Las mejores ropas se las llevaron y la docena de hombres que quedamos nos juntamos como podemos en el destrozado refugio de madera. Esperando lo inevitable. Esperando la única salvación posible

Navio San Telmo

Día y mes desconocido

No sé que día es, ni cuanto tiempo a pasado desde mi última anotación. Poco importa. Todos han muerto excepto yo. Mi único consuelo, antes de que la muerte me lleve, es el saber que he cumplido con mi deber lo mejor que he podido y que las circunstancias me han permitido...

Tengo tanto frío...

Madre, no puedo acordarme de que color eran tus ojos. Ni como sonaba tu voz. Tampoco puedo acordarme de la última vez que te vi. Pero puedo acordarme, como si fuera ayer, del calor de tus abrazos...