Juancar
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« : 24 de Enero de 2010, 08:30:14 » |
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Hace un siglo, el arriesgado rescate de un vapor frente a la playa de Ereaga puso en evidencia la clamorosa falta de medios de salvamento del Puerto de Bilbao.
Podía haber sido mucho peor. Dos muertos parecían pocos. ¿Acaso no se pensó en una tragedia total y absoluta ante la inexistencia de medios para efectuar el salvamento? ¿No se llegó a pronosticar que ante la furia de las olas y la crueldad del viento podían llegar a perecer todos los tripulantes del barco encallado? El drama estaba casi asegurado y más de uno se preparó para dar por consumada la tragedia. Pero sólo fueron dos. El naufragio del 'Gipuzkoa' se saldo con un par de fallecidos. Dos valientes que, ante la vergonzosa carencia de recursos, saltaron del barco para intentar salvar a sus compañeros. Un gesto de entrega que habría de quedar para el recuerdo y el lamento de sus familiares y allegados porque a la postre, más que llorar su pérdida, los medios oficiales y la prensa se felicitaron porque todo salió casi perfecto «merced al arrojo y heroísmo de los marinos de Guecho y Portugalete, a quienes (.), les sobra corazón para no arredrarse ante ningún peligro, cuando se trata de acudir en auxilio de sus semejantes».
A merced del mar
Todo había comenzado la noche del 24 de enero de 1910. El vapor 'Gipuzkoa', procedente de Castro Urdiales, inició su entrada en el puerto de Bilbao con la intención de protegerse del temporal de agua, viento y frío que azotaba la costa vizcaína. Ante la imposibilidad de encontrar un buen sitio para fondear en el lado oeste, intentaron hacer lo mismo en el muelle este, para lo cual iniciaron la maniobra correspondiente. Sin embargo, la corriente y el viento les sacaron violentamente del puerto. «Entonces se vieron perdidos porque el buque derivaba hacia el acantilado de la Galea». Desesperados, echaron el ancla, pero la fuerza del mar partió la cadena y el 'Gipuzkoa' fue lanzado contra las rocas, a unos trescientos metros de la playa de Ereaga y del puerto de Algorta. A partir de ese momento, una vez dada la señal de alarma, comenzaron las labores de un rescate que, de entrada, se antojaba prácticamente imposible. Cientos de personas se agolparon en la playa. Atónitos, comprobaron que lo que debería de ser un salvamento rápido se iba a convertir en un calvario. «¿Pero no se ha intentado disparar cohetes con cables salvavidas?», se preguntaban algunos. Por supuesto que lo habían hecho, pero como hacía muchos años que no se usaban, su estado era tan lamentable que el alcance de los mismos no llegaba más que a unos cincuenta metros. Y los botes salvavidas de Portugalete, ¿dónde estaban? No valían para nada. Pero, ¿qué ocurría? ¿Es que no se podía hacer nada para salvar a aquellos desgraciados? Por no haber no había ni un mísero juego de banderas para poder contestar a las señales que les hacían desde el barco. Lo más que se hizo fue escribir en una especie de pizarra improvisada la «tranquilizadora» palabra «Esperad».
Ante la pasividad de los de tierra, un grupo del vapor encallado intentó lanzar el bote salvavidas para acercar un cabo hasta la playa. Sin embargo, la fuerza de las olas dio al traste con la operación. Seis marineros cayeron al agua. No les quedaba más remedio que nadar hasta la orilla, lo cual parecía poco menos que imposible. Desde tierra se les daban gritos de ánimo y algunos de los mozos, impacientes, se anudaron un cabo a la cintura y se metieron entre las olas para alcanzar a los pobres desgraciados que luchaban denodadamente contra los elementos. Finalmente se pudo salvar a cuatro. Ante esta situación, y visto que estaba anocheciendo, todos coincidieron en que lo mejor era que se quedaran en el barco. No había posibilidad alguna de rescate. Al día siguiente, el miércoles 26, se personó en el lugar de los hechos Ramón de la Sota que puso a disposición tres de sus remolcadores. La situación era angustiosa y más que vergonzosa. Nadie sabía qué hacer. Fue entonces cuando un puñado de valientes marineros se lanzó al mar en un bote salvavidas. Tras estos se preparó una trainera con el mismo fin. Fueron momentos de gran tensión. Las olas golpeaban las embarcaciones con una fuerza inusitada. Más de uno temió lo peor. Sin embargo, ambas pudieron llegar hasta el 'Gipuzkoa' y rescatar a todos sus tripulantes. Cuando las embarcaciones llegaron a la playa, la multitud rompió en una estruendosa y nerviosa ovación.
Estación de salvamento
Nadie dudaba que gracias al valor desinteresado de un puñado de hombres se había logrado evitar la tragedia, aunque la mayor parte de la opinión pública juzgaba como vergonzoso todo lo que había rodeado al salvamento. Y es que se había comprobado que la estación de Portugalete no valía para nada. Nadie se había ocupado de su mantenimiento, cosa que se pudo comprobar al poner en funcionamiento los cañones lanzacabos y al constatar que el bote salvavidas estaba en tan malas condiciones que no podía ni flotar. Por otro lado, estaba demasiado lejos, por lo que se puso en evidencia que se deberían de haber construido otras dos, una en Algorta y otra en Santurtzi. Y todo esto no era nuevo. Eran cuestiones de las que ya se había hablado mucho pero de las que, los que debían, habían hecho oídos sordos. Desgraciadamente, un hecho como el del 'Gipuzkoa' ponía de manifiesto las carencias de un puerto como el de Bilbao. Un puerto que, si quería estar entre los primeros, debía de «contar con una ó dos estaciones de salvamento, las que sean necesarias, dotadas de material adecuado que debe ser reconocido con frecuencia para que se halle en buen estado». Era una cuestión de sentido común y de profesionalidad.
(EL Correo)
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